A sus cinco años Zenda fue rescatada por un voluntario de la cruz roja internacional, de los escombros de una casona derribada por el conflicto bélico que se desarrollaba en su natal Keshaman en Irán. Fue llevada a un campamento para desamparados y a pesar de que intentaron por todos los medios posibles ubicarla con alguna familia musulmana, no hubo suerte. Y es que su condición de fémina y sin un pariente que la respalde, iba en contra de las costumbres de su pueblo, complicando que alguien pueda hacerse cargo de ella. Los grandes ojos color azabache de Zenda, observaban curiosos a los adultos que hablaban alrededor de ella, decidiendo sobre su porvenir. Algunos meses después y bajo el término de “exilio humanitario”, Zenda era trasladada hacia el otro extremo del mundo.
Luego de pasar unos días en un refugio temporal y tras una serie de papeleos de por medio, Zenda llegó una tarde de Abril, al albergue de menores de la ciudad de Miramar. Debido a la pérdida de su familia a tan temprana edad y a sus tradiciones que diferían enormemente a los hábitos sociales occidentales, Zenda desarrolló indicios de ansiedad; motivo por el cual la señora Montiagudo decidió encomendarle a la señorita Smith, el cuidado de Zenda tal como lo hiciera con Samantha cuando recién ingreso al albergue. Así, Zenda termino compartiendo habitación con la pequeña Samantha, quién no dejaba de saltar de alegría por tener a una compañera.
A Zenda se le dificultó mucho aprender un nuevo idioma, razón por la que no interactuaba con otros niños. Solo Samantha era su amiga y comprendía porque Zenda era tan callada y tímida, a tal punto que podía pasarse horas completas leyendo libros de historia. Había momentos en los que Zenda cerraba los ojos y recordaba la celebración del Noruz o llegada de primavera, que alguna vez festejo cuando sus padres vivían en Irán. Rememoraba a su abuela diciéndole que el Noruz es importante para los musulmanes porque simboliza a la primavera, la estación de florecimiento del mundo y así como nace una flor, pueden florecer los anhelos del alma humana. Sin embargo, para Zenda el Noruz era notable porque coincidía con su cumpleaños y aunque en las tradiciones de su familia no era vital celebrar un onomástico, ella era feliz pensando que indirectamente con el Noruz lo hacían. Cada vez que Samantha la descubría recordando sus raíces musulmanas, le hacía presente que ya no estaban en el medio oriente y que debía celebrar su cumpleaños con una fiesta y no con un ritual primaveral. Zenda solo reía.
El tiempo fue pasando, Zenda y Samantha se convirtieron en más que amigas, ellas eran hermanas del destino. Coincidentemente ambas niñas, debido al historial familiar que tenían, eran las más rechazadas a la hora que las familias buscaban adoptar algún niño. Si Samantha cargaba con la culpa de ser hija de padres drogadictos y delincuentes, lo cual la hacía automáticamente heredera de esos malos hábitos; en el caso de Zenda, el provenir de una familia musulmana, era suficiente para que no sea considerada como una niña que pueda adaptarse a las costumbres de una vida occidental. Mientras tanto los años proseguían su curso, Samantha cumplió trece años y Zenda doce, convirtiéndose en dos adolescentes cada una con sus propios miedos, preguntas y sueños.