Capítulo 14: Soy Iris

1262 Words
No fue un gesto romántico. Fue una orden clara, física y sin palabras. Iris lo entendió de inmediato: lo hacía para callarla, igual que antes frente al pueblo, para terminar la discusión y para reafirmar su control. Sin embargo, por más que su mente comprendiera la motivación, su cuerpo la traicionó. Un estremecimiento intenso, inmediato, la recorrió de la cabeza a los pies, dejándola sin aliento, sin pensamientos, sin nada más que la sensación abrumadora de sus labios moviéndose sobre los suyos. Fue breve, demasiado breve, pero el efecto persistió como un eco en su sistema nervioso. La reacción la enfureció consigo misma. ¿Cómo podía su cuerpo responder así a un gesto que sabía que era puro engaño, puro teatro, puro control? Antes de que pudiera recuperarse, Cassian ya había terminado el beso. Pero no la soltó. Al contrario, su mano en su cintura se ajustó y, con un movimiento firme pero elegante, la condujo fuera del centro de la pista sin soltarla. Sus dedos se entrelazaron con los de ella en un gesto que parecía íntimo, pero que Iris sentía como una esposa dorada, y avanzaron juntos entre los grupos de invitados que comenzaban a aplaudir el final del vals. Durante lo que parecieron horas interminables, Iris soportó el contacto constante. La mano de Cassian en la suya, su presencia a su lado mientras conversaba con duques y embajadores, la cercanía inevitable cuando se inclinaba para murmurarle algo al oído- Instrucciones, siempre instrucciones: “Sonríe a ese grupo”, “No menciones el clima del norte”, “El embajador de Thalassa es alérgico a las flores, no comentes los centros de mesa”. Representaron a la perfección el papel de la pareja real unida, recién casada y enamorada. El evento culminó, mucho después de que el cielo se hubiera oscurecido por completo, con una exhibición de fuegos artificiales que iluminaron los jardines del palacio con estallidos de color que se reflejaron en los ventanales del Gran Salón. Pero Iris apenas les prestó atención. El único pensamiento que giraba en su mente como una noria sin fin era escapar. En cuanto pudiera. Y comprobar con sus propios ojos si su destino estaba tan marcado como decía Cassian. Cuando finalmente, después de lo que pareció una eternidad, las doncellas reales llegaron a buscarla siguiendo alguna señal invisible que Cassian debió haber dado, él finalmente, soltó su mano. Pero no sin antes inclinarse hacia ella, quedando su rostro tan cerca que su aliento rozó su oreja. —Esta conversación no ha terminado —murmuró, y su tono era bajo, posesivo y cargado de una intimidad falsa que hacía que los presentes sonrieran con complicidad—. Te veré pronto, mi reina. Luego, llevando la mano que había soltado a sus labios en un gesto de despedida muy medido, le besó los nudillos. No fue un beso apasionado, sino uno formal y cortés, pero el contacto de sus labios en su piel, justo por encima del anillo real, envió otro estremecimiento involuntario a través de su brazo. Iris lo reconoció entonces con una claridad dolorosa: Cassian no era solo un rey frío y calculador. Era un seductor. Cada gesto, cada contacto y cada palabra susurrada estaban pensados para lograr un objetivo claro: afectar a ella, a los que miraban y a la historia que estaban creando. Nada de lo que hacía era improvisado. Aun tratando de recuperar el aliento, de procesar el torbellino de emociones contradictorias que la agitaban, fue conducida con firmeza pero gentileza por Maëlle y otras dos doncellas fuera del Gran Salón. El sonido de la fiesta se perdió tras las grandes puertas de roble, dejando solo el silencio en los pasillos del palacio, interrumpido solo por el roce de sus vestidos y el eco de sus pasos en el mármol. —¿A dónde me llevan? —preguntó Iris, y su voz sonó extrañamente pequeña en la inmensidad del corredor. Maëlle, caminando a su lado, le sonrió. Pero era una sonrisa diferente a la que Iris conocía. No era la sonrisa amable, casi materna, de la jefa de doncellas que la había entrenado y la había confortado cuando era una niña asustada que acababa de llegar al palacio. Era una sonrisa que mostraba respeto, amabilidad y consideración. —A los aposentos reales, Majestad —respondió, y el título sonó como un golpe en el silencio. Iris comprendió el cambio con una amargura que le quemó la garganta. «Ahora soy reina», pensó, y la ironía era tan aguda que casi la hizo reír. Apenas esa mañana, estas mismas mujeres —algunas de ellas, al menos— la habían mirado con desdén o indiferencia, una doncella más entre docenas. Ahora, sus sonrisas eran falsas, sus reverencias precisas y su lenguaje elegido con cuidado. Donde antes había la dureza familiar de quienes tienen un estatus bajo, ahora había un respeto distante hacia un superior. «Pero no necesitan fingir conmigo», pensó Iris mientras caminaban por pasillos que se volvían cada vez más lujosos, con tapices más antiguos, alfombras más gruesas y candelabros más elaborados. «Sigo siendo una de ellas. Solo que con un vestido más caro y una corona prestada. Y no pienso ocupar este lugar por mucho tiempo.» Sin embargo, incluso mientras se repetía esas palabras, otra parte de su mente, la parte fuerte que había aprendido a sobrevivir en el palacio, sabía que Cassian no hablaba a la ligera. No podía entender todos los complicados detalles de la Constitución de Aurelion, pero sabía la historia de la corona. No había divorcios reales. No había anulaciones después de una boda pública, que fue transmitida por todo el reino y bendecida por el Gran Obispo. El único antecedente de ruptura fue la abdicación del padre de Cassian, el viejo rey, lo que había llevado al reino a una crisis de legitimidad que tomó años en resolverse. Al llegar a un conjunto de puertas dobles con emblemas de águilas y rosas —el emblema de los Valmont entrelazado con el de las Islas Argyros, un detalle que provocó que Iris frunciera el ceño—, Maëlle se detuvo y se dirigió hacia ella. —Sus aposentos, Majestad —anunció, y abrió las puertas. Iris entró y, por un instante, el título la impactó tanto que se dio la vuelta, esperando ver a Cassian detrás de ella, deseando que él fuera al que Maëlle se dirigía. Pero no. Las doncellas la observaban, esperando que les diera instrucciones. —¿Qué vestido desea ponerse para la… para el resto de la velada? —preguntó una de las doncellas más jóvenes, una muchacha que Iris recordaba haber ayudado a planchar sábanas no hacía mucho. El título, que le quedaba tan bien, la dejó sin palabras por un momento. Luego, sacudió la cabeza. —No me llamen así —dijo, y su voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Por favor. Soy… soy Iris. Las doncellas intercambiaron una mirada incómoda. Maëlle fue quien respondió, con suavidad pero con firmeza. —Sería una falta de respeto al protocolo, Majestad —dijo—. Y una falta de respeto a usted. Ahora es la reina. Debemos tratarla como tal. Iris abrió la boca para protestar, pero las palabras murieron en sus labios. ¿Qué podía decir? ¿Que no quería ser reina? ¿Que todo era un error? Ellas no lo sabían, o si lo sabían y sospechaba que Maëlle, al menos, tenía una idea, su deber era ignorarlo. Así funcionaba la corte. Así funcionaba el mundo. Resignada, aceptó en silencio y asintió levemente.
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