Capítulo 17: Pidiendo explicaciones

1182 Words
—Dígame que no es cierto —exigió, y su voz sonó más alta, más urgente de lo que pretendía—. Dígame que lo que insinuó en el baile fue una exageración política, una forma de hablar, cualquier cosa menos la verdad. Cassian no respondió de inmediato. Caminó hacia el centro de la estancia, sus pasos firmes sobre la alfombra, y se detuvo junto al sofá. Con un gesto pausado, indicó los asientos. —Siéntate. —No quiero sentarme. Quiero respuestas. Él la miró. Sostenidamente. Sus ojos grises, bajo la luz tenue, parecían casi plateados. —No fue una exageración —dijo—. Ni una forma de hablar. Era la verdad. Iris sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se aferró al respaldo de una silla para no caer. —Me prometió que esto sería provisional —dijo, y odió cómo su voz temblaba, cómo las palabras se le escapaban en fragmentos entrecortados—. Una solución política. Temporal. Dijo que era una emergencia, y que hablaríamos después. Y yo... yo por eso acepté. Acepté porque creí que era lo correcto para el reino, porque usted me lo pidió, y porque... —Se detuvo, tragó saliva—. ¿Por qué me ocultó la verdad? ¿Por qué no me dijo desde el principio que esto era para siempre? Cassian no se inmutó. No mostró arrepentimiento, ni culpa, ni siquiera impaciencia. Solo esa calma peligrosa, ese control absoluto que parecía envolverlo todo. —Serénate —dijo. —¿Qué me serenaré? —respondió ella con una pregunta, y su voz se quebró en la última palabra—, eso solo ocurrirá cuando sepa que este matrimonio será anulado lo antes posible. Él no respondió. En lugar de eso, se sentó. Con absoluta calma, con una paciencia que parecía deliberadamente diseñada para exasperar la, se acomodó en el sofá, cruzó una pierna sobre la otra, apoyó el brazo en el respaldo. Un rey en su trono, incluso cuando el trono era solo un mueble en una habitación privada. Luego soltó la bomba. —Mandé investigarte. Iris se quedó inmóvil. Las palabras no tenían sentido. O lo tenían, pero un sentido que ella se negaba a aceptar. —¿Me... me investigó? El rey asintió con total naturalidad, como si estuviera confirmando el horario de una reunión o el menú de una cena de estado. —Sé que no tienes familia. Que tu madre murió cuando tenías catorce años, de la fiebre del sur. Que pasaste dos años en el orfanato municipal de la calle Esperanza antes de que Maëlle te encontrara y te trajera al palacio. Tampoco tienes parientes vivos conocidos, al menos no en Aurelion. No existen padres que reclamen, ni abuelos y hermanos que exijan algo. No tienes nada. El estómago de Iris se revolvió. No era vergüenza por su pasado, nunca se había avergonzado de sus orígenes, sino por la intimidad de esa información. Por la violación de sus principios y que ella creía protegido por su propia insignificancia. Mientras ella estaba de pie en el altar, intercambiando votos que creía temporales, él ya conocía cada detalle de su vida. Cada herida. Cada pérdida. —Entonces sabe quién soy —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Sabe que no estoy hecha para esto. Para ser reina. Para llevar este anillo. Para... para ser su esposa. Cassian inclinó la cabeza, como si estuviera considerando sus palabras. —Eso es precisamente lo que te convierte en la elección perfecta. Iris parpadeó. —¿Perfecta? ¿Yo? —Sin familia política —explicó él, volvió ese tono suyo de general, no el del esposo—, no hay alianzas que negociar, favores que conceder y facciones que equilibrar. No hay padres que presionen por más poder, hermanos que exijan posiciones, tíos que conspiren en tu nombre. Nadie que pida nada a cambio, excepto tú. Hizo una pausa, y sus ojos se posaron en ella con una intensidad que la hizo contener la respiración. —Solo tendría que lidiar con mi esposa. No con todo un reino detrás. Iris sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que debía ser audible en todo el palacio. No sabía si lo que sentía era ira, incredulidad o ese vértigo extraño que le provocaba su mirada. Probablemente todo al mismo tiempo. Se sentó. No porque quisiera, tampoco porque hubiera decidido obedecer, sino porque sus piernas ya no la sostenían. Cayó en el sillón frente a él, sus dedos aferrándose a los reposabrazos de madera tallada. —Explíqueme la situación constitucional —dijo, y se sorprendió a sí misma por la claridad de su voz—. Quiero saber exactamente a qué estoy atada y cómo puedo liberarme. Cassian la observó durante un largo momento. Luego, con la misma calma con la que había revelado su investigación, comenzó a hablar. —El divorcio es legal en Aurelion —comenzó—. Se estableció en la reforma del Código Civil de 1893, durante el reinado de mi bisabuelo. Hay procedimientos establecidos, tribunales competentes, jurisprudencia acumulada. Iris sintió una chispa de esperanza. —Entonces puedo... —Pero —la interrumpió él— ningún monarca reinante lo ha solicitado jamás. En toda la historia de la dinastía Valmont, desde la unificación de los reinos del norte y el sur en el siglo XII, ningún rey o reina ha presentado una petición de divorcio. Si yo lo hiciera, sería el primero. El silencio que siguió fue pesado, cargado de implicaciones. —¿Y eso qué significa? —preguntó Iris. —Significa que no hay precedente. Que cualquier juez que escuchara el caso estaría navegando en aguas desconocidas. También está lo del escándalo político, eso sería... un mayor golpe hacia él reinado. —Pero es posible —insistió ella, ignorando todo aquello que estaba en riesgo—. Legalmente posible. —Legalmente posible —confirmó él—. Pero solo bajo una condición específica. Iris esperó. —Infidelidad —dijo Cassian—. Es la única causa aceptada por la tradición constitucional para la disolución de un matrimonio real. Nada más. Ni incompatibilidad de caracteres, ni separación prolongada, ni mutuo acuerdo. Solo adulterio probado, con testigos, que incluya evidencia, y provoque un escándalo público. Iris sintió que la chispa de esperanza se extinguía. —¿Y una anulación? —preguntó, aferrándose a cualquier posibilidad—. Si el matrimonio no fue... si no fue consumado... —No existen precedentes de anulación en mi familia —dijo Cassian, y su voz era implacable—. Además, la consumación no es el único requisito. También tendríamos que demostrar que hubo algún impedimento previo, cómo algún vicio en el consentimiento e irregularidad en la ceremonia. Y todo eso sería... —buscó la palabra—. Problemático. Problemático. Una palabra tan civilizada y tan contenida para describir la catástrofe que significaría admitir públicamente que la boda real fue una farsa, que la reina era una impostora, y que el rey había mentido a su pueblo. Esa puerta no solo estaba cerrada: estaba tapizada, sellada, borrada de los planos.
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