El balcón del Palacio de la Corona era una parte de mármol blanco que se extendía sobre la plaza, pareciendo la proa de un barco en medio de una multitud.
Cuando Iris salió, cegada por la luz del atardecer y el destello de miles de cámaras, el rugido que la recibió fue tan potente que sintió la vibración en el pecho. Decenas de miles de rostros miraban hacia arriba, banderas ondeaban, niños sentados sobre hombros de padres señalaban hacia ella.
Cassian tomó su posición a su izquierda —correcta según el protocolo, ella recordó— y levantó la mano en el saludo real. Iris lo imitó, consciente de que su movimiento era menos seguro y más tembloroso.
—Mira al frente y sonríe —murmuró Cassian sin mover los labios demasiado, su sonrisa de cara a la multitud perfectamente ensayada—. No mires directamente a las caras. Mira el mar, no las olas.
—Lo intento —susurró ella de vuelta, sintiendo cómo su mandíbula se tensionaba.
—Piensa en algo que te haga feliz —sugirió él, su voz baja solo para sus oídos a pesar del estruendo alrededor—. Un lugar, un recuerdo. Te ayudará a relajar la expresión.
Iris buscó desesperadamente en su mente. Su “lugar feliz” no era ningún palacio ni jardín real. Era su pequeña habitación en el ala de servicio, con su estrecha cama y su ventana que daba a los establos.
Era la quietud de la noche, después de que todo el mundo dormía, cuando podía leer un libro robado de la biblioteca a la luz de una vela. Era el silencio, la invisibilidad, la ausencia de ojos que la juzgaran.
—Creo que… pensar en algo feliz no es buena idea ahora —confesó, su voz casi perdida entre los aplausos.
Cassian emitió un sonido que podía haber sido una risa ahogada o un suspiro de exasperación.
—Es lo que hacen muchas mujeres cuando quieren huir de los problemas —comentó con una ironía tan fina que Iris apenas la captó—. Se refugian en fantasías.
Ella lo miró de reojo, confundida.
—¿Majestad?
—No importa —dijo él, y por primera vez volvió ligeramente la cabeza hacia ella, sus ojos grises encontrando los suyos por un instante—. Lo único esencial ahora es proyectar felicidad. Porque el mundo entero nos observa, Iris. Y están decididos a ver un cuento de hadas.
La multitud coreaba sus nombres ahora, un mantra rítmico que crecía en intensidad. “¡CAS-SIAN! ¡I-RIS! ¡CAS-SIAN! ¡I-RIS!”
Cassian bajó la voz aún más, hasta convertirse en un susurro que solo ella podía escuchar entre el clamor.
—Haz lo que puedas. Pero inténtalo ahora, porque en treinta segundos el resto de la familia real saldrá al balcón, y entonces ya no habrá espacio para errores.
[***]
Como si sus palabras hubieran sido una señal, las grandes puertas detrás de ellos se abrieron de par en par. Un desfile de sonrisas perfectas y ropas carísimas emergió hacia el balcón, ocupando posiciones con la precisión de piezas en un tablero de ajedrez.
La princesa Elara se colocó inmediatamente a la derecha de Iris, su vestido azul zafiro haciendo un contraste deliberado con el blanco nupcial. A la izquierda de Cassian se situó su hermano menor, el príncipe Malión, cuyo uniforme militar estaba adornado con tantas condecoraciones que parecía pesar más que él. Detrás y a los lados, tíos, primos y sobrinos tomaron sus posiciones según un orden de precedencia que solo ellos entendían completamente.
Iris percibió las miradas sin necesidad de volverse. Miradas de reojo que la escrutaban desde los flancos, desconfianza mal disimulada en los ojos de algunos de los parientes mayores, curiosidad abierta —a veces rayando en la rudeza— en los más jóvenes. Sintió cómo el rubor subía por su cuello hacia sus mejillas.
Elara, manteniendo su sonrisa impecable hacia la multitud, se inclinó levemente hacia Iris.
—Uno de los tíos, familia de la realeza. —Se refería al duque Alvaris—, intentó exigir explicaciones por el cambio de novia en la recepción privada —murmuró casi sin mover los labios—. Cassian lo cortó en seco. Literalmente dijo: “El único asunto familiar que me concierne hoy es mi esposa. Si tiene preguntas, puede dirigirlas por escrito a mi secretario, que las archivará según corresponda”. El viejo se puso colorado como un pimiento y se retiró murmurando.
Iris parpadeó, sintiendo una mezcla de gratitud y vergüenza.
—No debería haber tenido que…
—Cassian no permitirá cuestionamientos sobre ti, al menos no hoy —interrumpió Elara suavemente—. Ha trazado una línea muy clara. Para bien o para mal, eres su elección, y defenderá esa elección con la misma ferocidad con que defiende el reino.
[***]
Minutos después, la princesa se permitió acercarse más a Iris y le habló directamente.
—Felicitaciones, Iris —dijo Elara entonces, un poco más alto, como si estuviera haciendo una observación casual para quienes pudieran estar escuchando—. O debería decir: Su Majestad.
—Gracias, princesa —respondió Iris automáticamente, su voz aún temblorosa.
Elara mantuvo su sonrisa, pero sus ojos azules tenían una chispa de curiosidad intensa.
—Es extraordinario, ¿sabes? Esta mañana te dejé siendo una doncella. Dos horas después, eres mi cuñada y reina. —Hizo una pausa mientras se quedó pensativa—. Me encantan las historias de amor repentinas, las hadas madrinas que transforman zapatillas de cristal… pero esto, esto me supera incluso a mí.
Cassian, que había estado saludando a una parte de la multitud donde había banderas muy grandes, movió la cabeza solo un poco.
—Elara —dijo, su voz tan baja que era casi un susurro de hielo—. Recuerda dónde estamos.
Elara no perdió la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron levemente.
—Solo comparto mi asombro, hermano. Después de todo, estaba buscando a Selene por todo el palacio y de repente me encuentro con… otra cuñada. Se trata de un cambio argumental digno de las mejores óperas.
—Hay personas en esa multitud —dijo Cassian sin mirarla, sus ojos fijos en un punto lejano de la plaza—, con equipos de largo alcance capaces de leer los labios a esta distancia. Recuerda quién eres y dónde estás. Hablaremos de esto más tarde.
La reprimenda fue tan sutil que alguien que mirara de lejos no habría notado más que un pequeño cambio en la postura de Elara, un enderezamiento casi imperceptible. Pero Iris, atrapada entre ellos, sintió la tensión como una cuerda que se estiraba hasta casi romperse.