Iris suspiró profundamente y se levantó de la silla donde la dejaron sola, sintiendo cómo el silencio de los aposentos reales se cerraba a su alrededor como una celda de mármol y seda.
La habitación era amplia, lujosa, sofocante en su belleza perfecta. Los frescos del techo representaban a diosas antiguas coronadas de laurel, los muebles de madera oscura brillaban bajo la luz tenue de las lámparas, las cortinas de terciopelo carmesí caían en pliegues impecables hasta el suelo.
Comenzó a caminar de un extremo a otro, trazando un surco invisible en la alfombra persa que había costado más de lo que ella ganaría en toda una vida de servicio.
Sus pies se deslizaban sobre los hilos de seda mientras su mente giraba en un torbellino agotador.
«Tiene que existir una salida. No puede ser que haya aceptado una trampa sin saberlo, que haya firmado mi condena con mi propia firma, y que haya pronunciado mis votos creyendo que eran temporales cuando en realidad eran perpetuos».
Caminó tanto, dio tantas vueltas de un lado a otro de la estancia, que sus pies comenzaron a dolerle dentro de los zapatos de tacón que aún no se había quitado. El dolor punzante, lejos de calmarla, incrementó su frustración.
En un arranque que ni ella misma anticipó, se inclinó, se descalzó con movimientos bruscos y arrojó los zapatos contra la pared. El sonido seco —cuero fino contra yeso antiguo— rompió el silencio como un disparo.
Inmediatamente se arrepintió.
Su mirada recorrió la habitación, evaluando el daño. Los zapatos, diminutos y elegantes, yacían en el suelo junto a la pared. No había marca visible, ningún rasguño en la pintura decorada con tono oro. Pero eso no importaba. Ella sabía, con la certeza de quien ha pasado años cuidando objetos ajenos, que cada pieza que la rodeaba valía una fortuna.
Incluso esos zapatos que acababa de lanzar, hechos a medida, forrados en seda verde a juego con su vestido. No estaba acostumbrada a destruir lo que nunca le perteneció. Nunca haría algo así.
Se obligó a respirar. Una vez, dos veces. Luego caminó hacia los zapatos, se inclinó y los recogió con manos temblorosas. Los sostuvo contra su pecho un momento, como si pudiera pedirles disculpas.
Un nuevo estallido iluminó la noche. Iris levantó la vista y, a través de las puertas francesas de la terraza, vio cómo los fuegos artificiales explotaban sobre la ciudad de Aurelion en cascadas de luz dorada y carmesí.
El espectáculo continuaba, ajeno a su tormento interior, indiferente a la crisis que se desarrollaba en los aposentos reales.
Salió a la terraza. El aire nocturno era fresco, perfumado por los jazmines que trepaban por las columnas de mármol. Se apoyó en la balaustrada, levantando la vista hacia el cielo donde los estallidos de color se sucedían en una coreografía perfectamente sincronizada.
Buscaba en el espectáculo una distracción, algo que silenciara el clamor de sus pensamientos. Pero cuando se llevó la mano a la frente, agotada, la luz de un cohete estalló justo sobre su rostro e iluminó su anillo.
El anillo.
La alianza real pesaba en su dedo como nunca antes. Bajo la luz fugaz de los fuegos artificiales, las piedras en gastadas en el oro antiguo lanzaron destellos azules y blancos, como pequeños fragmentos de hielo incendiado.
Era una reliquia de la dinastía Valmont, perteneciente a la abuela de Cassian, la legendaria reina Astrid que había gobernado durante cuarenta años y había expandido las fronteras de Aurelion hasta el mar.
No era una joya cualquiera. Era un símbolo de permanencia, de linaje, de un legado que se transmitía de generación en generación.
La magnitud de lo que ese anillo representaba la abrumó. No era un adorno. Era una cadena. Un juramento. Una sentencia escrita en piedras preciosas y metal forjado hacía más de un siglo.
En ese instante, la puerta de los aposentos se abrió.
Iris corrió hacia los zapatos, y se los puso con movimientos torpes y rápidos. Se alisó el vestido verde con las palmas sudorosas, se pasó los dedos por el cabello y respiró hondo. Tres veces esta vez.
Luego caminó hacia la puerta con la espalda recta, la mandíbula tensa y los hombros hacia atrás.
«Se fuerte», se ordenó. «Siempre resistente».
Se acercó y se detuvo cuando lo vio allí parado.
Cassian aún estaba en el umbral. Ya no llevaba el uniforme militar de la ceremonia, esa armadura de autoridad que había vestido durante todo el día.
Ahora vestía con camisa y pantalón de vestir comunes que por lo regular usaba en el palacio, seguía siendo elegante y fino su atuendo, pero sencillo a la vez, la camisa blanca hacia que resaltará la amplitud de sus hombros y la firmeza de su cuerpo.
Se había duchado; su cabello oscuro, normalmente impecable, conservaba un leve brillo húmedo bajo la luz de la lámpara, y algunas ondas rebeldes caían sobre su frente. El aroma a jabón de cedro y algo limpio y masculino la alcanzó incluso desde la distancia.
Iris intentó no mirarlo demasiado. Pero no lo consiguió.
Él aclaró la garganta.
—¿Piensas dejarme aquí —preguntó, y su voz tenía esa cualidad grave, controlada, que ya empezaba a conocer— o puedo pasar?
Ella retrocedió un paso, luego otro, dejándole espacio.
En cuanto él entró, sus ojos recorrieron la habitación con un barrido rápido, evaluando el entorno. Luego se posaron en ella. En el vestido verde. En la forma en que la seda caía sobre sus hombros y se ceñía a su cintura, rozando el suelo.
—Te favorece —comentó con calma mientras cerraba la puerta tras él.
El sonido del cerrojo al encajarse fue definitivo, inapelable. Estaban solos.
Iris sintió que el calor le subía a las mejillas. Saber que él había mandado confeccionar ese vestido, que había elegido personalmente el color, la tela, el diseño, le provocaba una sensación traicionera que no quería examinar demasiado.
«No quiero hablar de ropa», se recordó con ferocidad. «Mi interés es otro. Quiero discutir lo de mi libertad».