Cassian no podía creer que la mujer que se dobló bajo él, que gimió su nombre con sorpresa y entrega, y que respondió a cada caricia con una intensidad que lo desarmaba, fuera la misma joven casi invisible que había visto esa mañana en los pasillos del palacio. La joven callada, la que veía al suelo cuando él pasaba, la que existía en los márgenes de su mundo sin reclamar atención. Se había casado con plena conciencia de que era un acuerdo estratégico, una solución desesperada a un problema político. Para él, se trataba simplemente de un convenio en el que solicitaba estabilidad a cambio de su juventud, y herederos a cambio de su fidelidad. No esperaba pasión. Solo esperaba actuar por deber y cumplir con las obligaciones de la corona. Pero Iris le respondió. Aprendía con una rapidez que

