Mientras bailaban, su mente, entrenada, no podía evitar trabajar. Sabía que el pueblo exigiría respuestas más elaboradas que un comunicado de prensa.
Era consciente de que, apenas algunas horas tras la desaparición de Selene, había tenido que evitar personalmente que el padre de la princesa, el gobernante de las Islas Argyros, se inflamara de cólera y causara un conflicto diplomático.
Le mostró la nota de Darian y le dijo, con frialdad, que su hija lo había elegido a él en lugar del trono. El hombre, herido en su orgullo y avergonzado, había guardado silencio. Pero la amenaza seguía ahí.
Pensó en Darian. Su medio hermano. El fantasma resentido que había estado acechando los bordes de su vida desde que su padre, en un momento de debilidad sentimental, lo había reconocido.
Había enviado investigadores discretos tras él apenas leyó la nota. Sabía que Selene se había ido por voluntad propia. Su frialdad antes de la boda, su distancia y sus largos silencios eran señales claras que él, ocupado con los asuntos del reino, había decidido ignorar.
«No quiero una esposa capaz de traicionarme», pensó, y la mano en la cintura de Iris se tensó levemente. «No quiero repetir la historia de mi padre.»
Su padre, que había dejado el trono por “búsqueda espiritual”, pero que todos sabían que había escapado de la carga de ser rey y de un matrimonio infeliz. Cassian no huiría. Y no perdonaría.
Y a Darian menos. Nunca.
—Tal vez debería escuchar su propio consejo —comentó Iris de repente, rompiendo el silencio que había crecido entre ellos, solo interrumpido por la música y el suave sonido de sus pies sobre el mármol.
Cassian la miró con una ceja levemente arqueada.
—¿A qué te refieres?
—Usted me pide que sonría —dijo ella, y su voz era baja pero clara—, pero su rostro refleja furia. O algo muy parecido.
El rey no respondió de inmediato. Dio otro giro, más rápido, que hizo que Iris se aferrara instintivamente a su hombro.
—Imagino que es por Selene —continuó ella, y el nombre sonó extraño en sus labios, como algo prohibido—. ¿Cree que la encontrarán pronto?
—No quiero hablar de ella —replicó él, y el corte fue tan brusco, que Iris sintió como si una puerta se hubiera cerrado de golpe ante sus narices.
Pero al mismo tiempo, se dio cuenta de que estaba más atento a Iris de lo que debería estarlo. Notaba la textura de su cabello bajo la luz de las lámparas de araña, el suave arco de sus labios aún sonrosados por el beso, la manera en que sus ojos color miel capturaban y reflejaban la luz de las velas.
La cercanía era peligrosa. Sentía el calor de su cuerpo a través de las capas de tela, el ritmo de su respiración y el leve temblor que aún no había desaparecido por completo.
Recordó el beso otra vez. Esta vez, el pensamiento fue más claro y más persistente: «Desearía repetirlo».
No lo hizo. Siguió bailando.
Sin embargo, mientras giraban, las miradas de la corte los seguían con una combinación de curiosidad y cálculo; Cassian reflexionó sobre su obligación. En los herederos que necesitaría para asegurar la sucesión. En la estabilidad que un matrimonio sólido o, al menos, aparentemente sólido le daría al reino. En Aurelion, siempre Aurelion.
Y luego miró a Iris. Su reina provisional. La doncella que había elevado al trono en un acto de desesperación. El pueblo la había aceptado. Incluso, la amaba. Habían adoptado la historia del amor inesperado, del rey que seguía lo que sentía en su corazón.
«He decidido no decepcionarlos», pensó, y la idea se formó en su mente con una claridad que lo sorprendió.
No era solo una cuestión de política práctica. Era algo más intenso, más propio. Algo que tenía que ver con la manera en que ella lo había desafiado con la mirada, con la forma en que había aceptado el sacrificio sin quejarse y con la dignidad silenciosa que mostraba incluso ahora, temblando pero erguida, en medio del salón.
Entendió, sin querer cuestionarlo, que no iba a dejarla ir.
El vals estaba llegando a su fin. Los últimos acordes sonaron en el salón, y Cassian la detuvo con exactitud, justo en el medio de la sala. Los aplausos estallaron a su alrededor, pero Iris apenas los registró.
—¿Por qué? —preguntó ella, su voz apenas un susurro entre el ruido—. ¿Por qué no tiene prisa en encontrar a Selene? Si la traen de vuelta, todo esto podría terminar. Usted podría tener la reina que eligió, la alianza que planeó.
Cassian la miró, y en sus ojos grises había una evaluación fría y cuidadosa, pero también algo más, algo que Iris no podía identificar.
—Si se fue con Darian —pronunció, y cada palabra era como un trozo de hielo—, no la quiero de vuelta. No quiero a una mujer a mi lado que prefirió traicionar en lugar de cumplir con su deber, que eligió engañar en vez de ser leal.
—Pero el reino —insistió Iris, sintiendo cómo el pánico comenzaba a crecer en su pecho—. El reino necesita una reina. Una verdadera reina.
Cassian la observó por un momento más, sus ojos recorriendo su rostro como si estuviera evaluando una obra de arte, una joya, algo muy valioso. Y vio, con claridad el potencial. La inteligencia en sus ojos, la resistencia en su postura, la capacidad de adaptación que había mostrado. Un diamante en bruto, sin pulir, pero con una fuerza interior que él no había esperado.
Entonces lo dijo. Sin titubeos, sin confusión, con la tranquila firmeza de quien da un veredicto.
—Ya he encontrado a mi esposa y a mi reina —declaró, y su voz, aunque baja, cortó a través de los aplausos que aún resonaban—. Este será mi único matrimonio. En mi familia no existe el divorcio. Y dudo que las leyes de Aurelion lo permitan para la corona.
Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran, viendo cómo el color desaparecía del rostro de Iris, cómo sus ojos se abrían con incredulidad y algo muy parecido al terror.
—Estamos unidos de por vida, Iris —continuó, y su tono era casi gentil, lo que hacía que la verdad sonara aún más cruel—. Tendrás que acostumbrarte.