El eco de los últimos acordes del himno nacional aún resonaba en los oídos de Iris cuando Lucien apareció a su lado con la urgencia silenciosa de un reloj que marca el fin de una tregua.
Habían pasado apenas quince minutos desde que el Gran Obispo pronunciara las palabras que la ataban a Cassian para siempre, quince minutos en los que había permanecido de pie junto a él en el salón del trono, sonriendo —o intentando hacerlo— mientras una procesión interminable de embajadores, nobles y dignatarios besaba su mano enguantada.
—Majestad —murmuró Lucien inclinándose levemente entre ella y Cassian—, el comunicado está listo para su emisión. Y la multitud espera en la plaza.
Cassian asintió sin mirarlo, sus ojos fijos en algún punto del horizonte más allá de los ventanales.
—Que lo transmitan ahora.
El comunicado, como Iris supo después por los titulares que inundaron el país, era una obra maestra de ambigüedad elegante.
Redactado por el jefe del gabinete de prensa del palacio y emitido en nombre del Rey Cassian Valmont, explicaba —sin explicar realmente nada— el "inesperado y feliz cambio en los planes nupciales de Su Majestad". Hablaba de "cambios de corazón", de "destinos que se revelan en el último momento", de "un amor que trasciende los designios previstos".
Cada frase estaba cuidadosamente pulida para sugerir sin afirmar, para insinuar sin mentir descaradamente.
Contra todo pronóstico lógico, contra toda expectativa de escándalo, el reino de Aurelion no estalló en protestas. Estalló en romance.
Cuando las pantallas de todo el país mostraron el breve comunicado, seguido de las primeras imágenes de Iris —velada, misteriosa, caminando hacia el altar junto a un Cassian que parecía más un guerrero reclamando un premio que un novio—, algo se desató en el espíritu colectivo.
La multitud que se había congregado en la Plaza de la Corona, inicialmente confundida por los rumores sobre la desaparición de Selene, comenzó a vitorear cuando se anunció que los nuevos reyes aparecerían en el balcón principal.
Para cuando Iris y Cassian se dirigían hacia allí a través de los corredores privados, el país entero había entrado en una especie de frenesí romántico colectivo.
En r************* , los hashtags #ReyRomántico y #BodaDelDestino comenzaron a viralizarse a velocidad alarmante.
Teorías elaboradas florecían como flores después de la lluvia: que Cassian había estado enamorado en secreto de una doncella humilde durante años, que había roto un matrimonio de estado por amor verdadero, que había seguido los dictados de su corazón contra los consejos de sus ministros.
Los medios intentaron encontrar opiniones críticas de expertos en protocolo que cuestionaran la irregularidad, pero solo encontraron suspiros de envidia, historias de "amor a primera vista" cambiadas y un acuerdo general de que, al fin, su joven y serio rey tenía un lado humano.
[***]
En un receso del pasillo, justo antes de las grandes puertas que daban al balcón, Lucien se acercó a Iris con una expresión de urgencia contenida.
—Majestad, solo dispongo de pocos minutos. Debe recordar esto.
Iris, cuyo vestido pesaba como una armadura de plomo y cuya cabeza zumbaba con el eco de los votos que aún no procesaba, asintió mecánicamente.
—Primero: siempre a la derecha del rey. Nunca a la izquierda, excepto en ceremonias religiosas específicas que no tendrán lugar hoy. —Lucien hablaba rápido y con mucha precisión. Segundo: al saludar a la multitud, el movimiento del brazo. Así.
Hizo un gesto controlado, elegante, que terminaba justo por debajo del nivel del hombro.
—Nunca por encima. No es un saludo de desfile, es un gesto de reconocimiento real. Tercero: la sonrisa. Puede mostrar los dientes, pero sin exagerar. Sin gestos demasiado expresivos. La serenidad es la clave. Cuarto: Si el rey le habla, incline levemente la cabeza hacia él como si compartieran una confidencia íntima. Eso alimentará la narrativa romántica.
Iris intentó memorizar cada punto mientras luchaba contra el agotamiento emocional que amenazaba con derrumbarla.
—¿Y si... si me equivoco?
—El rey la cubrirá —dijo Lucien, y por primera vez su voz tuvo un matiz casi humano, casi compasivo—. Pero intente no equivocarse. Millones de ojos la observarán. Cada movimiento será analizado, cada expresión será capturada.
Las puertas frente a ellos comenzaron a abrirse. El rugido de la multitud entró como una marea sonora, abrumadora, física. Iris sintió que sus rodillas flaqueaban.
—Ahora —dijo Lucien retrocediendo—. Recuerde: a su derecha. Sonría. Salude. Sea reina.