Capítulo 18: Deseos y sueños

1125 Words
—Entonces la única salida es el divorcio por infidelidad —repitió Iris, y su voz sonó extrañamente calmada—. Tendría que… usted tendría que… uno de los dos tendría que ser infiel. Cassian no respondió. Sus ojos, sin embargo, se oscurecieron ligeramente. —O podría no haber salida —declaró él—. Podría aceptar que este matrimonio es real. Que yo soy tu esposo. Tú, mi reina. Que me darás herederos y gobernarás a mi lado. Iris lo miró como si hubiera comenzado a hablar en otro idioma. Como si las palabras que salían de su boca fueran reconocibles, pero completamente incomprensibles. —¿Por qué iba a querer yo algo así? —cuestionó; solo había genuina perplejidad en su tono de voz—. ¿Por qué querría pasar mi vida en un matrimonio que no elegí, con un hombre que no me quiere, en un palacio donde siempre seré vista como la impostora que tomó la corona de otra? Cassian no se ofendió. Ni siquiera pareció sorprendido por la crudeza de sus palabras. —Debido a que te estoy ofreciendo algo que nunca has tenido —contestó—. Poder. Respeto. La adoración de un pueblo entero. Seguridad económica para el resto de tu vida. Una posición que te abrirá todas las puertas que antes estaban cerradas para ti. —No me interesa. —¿No? —Él inclinó la cabeza, y había un destello de algo en sus ojos, quizá curiosidad, quizá incredulidad—. ¿Preferirías volver a servir? ¿A limpiar las habitaciones de otros, a vestir a otras mujeres, a pasar desapercibida por el resto de tu vida? Porque esa es la alternativa. Cuando esto acabe, o más bien, cuando yo decida que acabe, serás de nuevo Iris Kovač, la doncella. Nada más. Nadie. Iris alzó el mentón. El gesto era pequeño, pero reflejaba toda la dignidad que había juntado en veinte años de ser invisible, ignorada y menospreciada. —Mis ambiciones son otras —dijo. Cassian la observó con una intensidad renovada. Había algo en su expresión, un cambio casi imperceptible en la tensión de su mandíbula, en la dilatación de sus pupilas, que sugería que ella acababa de decir algo inesperado. —¿Qué ambiciones? —preguntó—. Dímelas. Ella dudó por unos segundos. Sus sueños y planes, que había guardado durante años, no eran cosas que se compartieran con reyes. Eran cosas que se decían en silencio durante la noche, que se anotaban en diarios que nadie vería y que se guardaban en el fondo de una caja junto a recuerdos de su madre. —Nada es gratis —dijo finalmente—. Usted no me daría nada sin esperar algo a cambio. —No —confirmó él, y no había vergüenza en su honestidad—. No lo haría. Pero quiero saber lo que sueñas. Quiero saber qué precio tengo que pagar para que aceptes quedarte. Iris respiró hondo. Luego, con la voz más firme de la que se creía capaz, lo dijo. —Quiero trabajar con niños. Enseñarles a leer, a escribir. He estado guardando dinero durante tres años para pagar mis estudios. No es mucho, pero… —Te asignaré un tutor privado —la interrumpió Cassian—. Los mejores educadores del reino. Cualquier universidad que elijas. No tendrás que ahorrar nunca más. Sintió que el corazón se le aceleraba. Era todo lo que siempre había querido, y ahora se le presentaba en bandeja de plata. Demasiado bueno y fácil para ser real. —¿Y qué exigirá usted a cambio? —preguntó, y su voz era cautelosa, desconfiada—. ¿Qué precio tiene ese sueño? El rey la miró directamente a los ojos. —Ya lo sabes —dijo—. Tu permanencia como mi esposa. Como mi reina y como la madre de mis hijos. El silencio que siguió fue tan denso que Iris podía sentirlo en la piel, en los pulmones, en el latido frenético de su corazón. —Tal vez empezar sin pasado no sea una desventaja, pequeña —su voz sonaba más baja y más cercana ahora—. Tal vez sea exactamente lo que necesitas. Nadie espera que seas la reina que fue tu madre, tu abuela o alguna antepasada ilustre. No tienes un legado que honrar o un estándar que alcanzar. Puedes inventarte a ti misma. Puedes ser la reina que desees ser. Iris sintió que algo se aflojaba en su pecho, una tensión que no sabía que estaba sosteniendo. —No me llame “pequeña” —dijo, pero su voz ya no era de enfado. Era casi una súplica. Él esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible. —¿No te gusta que te diga pequeña? —Ella no respondió, pero su mirada le dio la respuesta; él añadió—. Porque a mí sí, pequeña. La palabra, dicha así, en ese tono, no era un insulto. Era una caricia verbal. Una posesión. Una promesa. Cassian tomó su mano. El gesto fue lento y cuidadoso, permitiendo que ella se alejara si lo deseaba. Pero no lo hizo. Sintió cómo sus dedos se entrelazaban con los suyos, el calor de su piel y la textura de su palma contra la suya. —Esta noche —dijo él—, mientras tú estabas aquí, yo observaba las reacciones. Los rostros de los nobles, los comentarios de los embajadores, los titulares que comenzaban a publicarse. Y el pueblo, Iris. El pueblo que vitoreaba en las calles, que coreaba tu nombre, que lloraba de emoción cuando apareciste en el balcón. Ellos no sabían quién eras esta mañana. No les importó. Para ellos, eres la mujer que su rey eligió. Y te han aceptado. Te han hecho suya. Hizo una pausa. —Aunque quisiera divorciarme. —Su expresión era “no quiero”, pero sus palabras no lo manifestaban de manera explícita—. La reacción pública de esta noche me ha convencido de que eso sería un error. Tú seguirás casada conmigo, pequeña. Esa es la realidad que hemos construido hoy. Iris intentó retirar la mano, pero él no se lo permitió. —A cambio —continuó—, tendrás una vida mejor. No una vida de lujos vacíos, sino una vida con propósito y con significado. Tendrás la capacidad de hacer el bien a una escala que nunca imaginaste. ¿Qué tipo de vida quieres? Dímelo. Y yo haré que sea posible. —¿Qué tipo de vida? —repitió ella, confundida—. ¿Qué clase de vida puede tener una reina? —La que tú elijas —dijo él—. Dentro de los límites de tu posición, claro. Pero son límites amplios, pequeña. Más amplios de lo que crees.
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