Capítulo 3: ellla me pertenece
Emilia POV.
Michel y yo nos estábamos dirigiendo a la fiesta. Él me había ofrecido el brazo y yo acepté encantada. A su lado, me sentía feliz, segura y protegida. Y sentía una calidez interior. No era amor, estoy segura. Pero sí me transmitía paz.
Los dos íbamos conversando de muchas cosas cuando nos encontramos con mis padres, Tamara y los Rivers. —Ah, hija. Me alegra de ver que estás mucho más alegre. Y veo que vienes muy bien acompañada de alguien. ¿Podría preguntarle quien es la afortunada compañía de mi princesa?— saludó papá. Siempre tan cariñoso y protector.
—Soy Michel Neveau, de Neveau Champagnes et Cognacs. Un gusto conocer al gran CEO de Solaris Wines.—Michel estrechó la mano muy cordialmente con mi padre y besó en los nudillos a Tamara y a mamá muy cortés. —Madame, mademoiselle... — se presentó y parece que Michel les cayó bien porque estaban encantadas y felices por mí.
—Neveau? Vaya, el CEO más joven y famoso de Francia a cargo de la empresa de los mejores champagnes y coñacs en Europa. Bienvenido. — le decía mi padre. —Bravo.
Los Rivers también lo saludaron y lo felicitaron por sus logros, pero se veía que no les gustaba que yo estuviera al lado de él. Juro que a mis padrinos los adoro muchísimo, pero si ni mis padres ponen una mala cara por la compañía que tengo, ¿por qué tendrían que molestarse ellos si ningún lazo de sangre, ni siquiera político nos une?
Por suerte, el baile comenzó y Michel me sacó a bailar de una manera tan galante como él y acepté encantada. A lo lejos, veía a mi madre y Tamara haciendo gestos de hurrah y tiraban porras silenciosas a lo lejos. Una ligera carcajada se escapó de mis labios haciendo que mi acompañante me sonriera divertido.
—Se ve más hermosa cuando sonríe, Emilia, — me dijo Michel y yo sentía que me iba a derretir con la caballerosidad con la que me trataba. Aunque... Sentía que alguien me miraba de una manera ardiente a lo lejos, a lo que ignoré. Seguro es mi imaginación.
POV Martin
Soy un maldito miserable. Perdí a Emilia, la mujer que amé cuando la vi perdida para siempre. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que le hice a my little rose? Me dejé deslumbrar por mi obsesión y atracción por Gabriela y dejé a mi esposa de lado.
Me presento ya que de seguro se preguntarán varias cosas y deben estar odiándome. Mi nombre es Martin Peter Rivers, el hijo mayor de Peter Rivers y CEO de Rivers Drinks. El mayor orgullo de mis padres en todo, menos en el amor. Siempre he sido un libertino y me han gustado tener aventuras con distintas amantes y hasta hombres han pasado por mis sábanas. Me encantaba la poesía, el vino, la literatura y las mujeres. Pero había una que estuvo más veces conmigo: Gabriela Ponzotti, mi secretaria y novia de universidad. Bella, curvilínea, con una piel trigueña se parecía caramelo que me daban ganas de lamer, una cabellera roja que tanto amé y unos ojos verdes esmeralda que me hipnotizaban por completo. Apenas, empezó a trabajar conmigo, nuestra atracción fue mutua y terminamos envueltos en medio de nuestra pasión. La hice mía una y otra vez en mi departamento, en el suyo, en mi oficina, en varios hoteles y hasta en una piscina. Era sensual, alegre, divertida, lo tenía todo y me amaba. Debí saber bien con qué vino me estaba embriagando.
Cuando supe que estaba comprometido con la hija de los del Solar por convenio de mis padres, los odié a todos, en el especial a esa chica que de seguro era una niña mimada. Tal fue mi sorpresa cuando vi que era la criatura más angelical que había visto en mi vida. Parecía una sirena. Esa piel tan blanca que recordaba al chocolate blanco que daba ganas de saborear. Esos cabellos largos de color rubio oscuro que parecía seda dorada. Esos ojos azules que reordaban el mar en calma ante una noche azul. Y esas mejillas y labios rosas tan carnosos, tiernos y tentadores que parecían el fruto prohibido del paraíso. El día que nos casamos, parecía ser torpe, tímida y con la mente en las nubes, pero era alegre e inteligente. Ese día, no consumí el matrimonio y me excusé diciendo que todo fue repentino y que debíamos ir lento. Y ella aceptó. Como confiaba ciegamente en mí, en un canalla que le fue infiel con Gabriela en nuestra noche de bodas.
Así fue nuestra rutina. Emilia ignoraba todo lo que pasaba y yo seguía amando a mi pelirroja a sus espaldas. Bastó con solo una vez cuando vi que unos socios llegaron a la empresa una vez y mi pequeña esposa sorprendió a todos con su inteligencia en las finanzas y su belleza. Maldije a cada segundo a todos aquellos bastardos que se atrevieron a fijar sus ojos en MI mujer, mi pequeña rosa. Fui un egoista y la cuidé como quien un avaro cuida de su mayor tesoro. Me di cuenta que esa rosa necesitaba amor y cuidados para que floreciera a mi lado y decidí darme una oportunidad con ella. Empecé a tener uno que otro detalle con ella y la amaba puertas adentro. La primera vez que la hice mía aún era virgen y me hizo sentir como un vil canalla. Se había guardado para mí. Sus gemidos fueron música para mis oídos y sus caricias y sus besos eran tan tímidos y delicados que no carecían, empero, de pasión y era todo muy adictivo. Me perdía en su interior y ella lloraba de placer y amor en mis brazos. Aún así, Gabriela aún me tenía embrujado.
Seguí con esa dinámica y ese día fatal llegó. Emilia me dijo que no estaría en nuestra casa y me confié. Llevé a Gabriela conmigo sin imaginar que había una fiesta de cumpleaños sorpresa preparada para mí. Me sentía agradecido con Emilia, pero también miserable. Yo traje a mi amante y Emilia ignoraba lo que pasaba.
En un momento que me retiré a fumar un cigarro en el jardín, necesitaba pesar la balanza. No podía seguir así. Así que le dije a Gabriela que no podíamos seguir juntos. Ella lloró y me suplicó que no la dejara y se quedara conmigo. Cuando me negué, ella se veía derrotada.
—Al menos, tómame por una última vez y te dejaré en paz. Hazme el amor, Martin.— me rogó ente lágrimas.
Se veía tan hermosa y frágil bajo la noche estrellada y no pude negarme. Nos besamos apasionadamente mientras la cargaba contra la pared y mis manos bajaban por sus muslos acariciando su centro de placer. Ella gimió de gozo mientras devoraba mis labios y jugaba con mi m*****o sobre mis pantalones. Un gruñido se me escapó de mi garganta y me quité chaqueta, mi camisany corbata para que ella acariciara todo mi torso a su antojo devoré su cuello y bajé la parte superior de su vestido descubriendo sus pechos, los cuales devoré como un poseso arrancándole más gemidos de placer.
—Ahhhhh, dame más, Martin. Lo necesito... Ahhhhh...—rogaba y yo accedía a la vez que retiraba sus bragas mojadas debajo de la falda del vestido y acariciaba su clítoris. —¡Ahhhhh!
—Yes, baby. Me vuelves loco—decía entre gemidos entrecortados y besos. No aguanté más y penetré apenas liberé mi pene.
Estábamos envueltos en una bruma de placer hasta que fuimos descubiertos y encarados por Emilia. Nunca la había visto tan destrozada como ahora. Mi ángel me odiaba. Me odiaba, maldita sea y Gabriele seguía sembrando cizaña. Cuando me pidió el divorcio me sentí como una basura. Pero nada me preparó para lo peor: mi esposa dio unos pasos y dio un grito de dolor mientras sus manos se apoyaban en su pecho mientras se desvanecía. Mi mundo de sintió caer y al instante, la tomé en mis brazos antes de que se golpeara en el sueli mientras Gabriela miraba asustada. Pedía a gritos un médico y una ambulancia mientras me rehusaba dejarla. Cada vez, Emilia perdía color en sus labios y mejillas y gritaba de dolor. Vi a su prima Tamara golpeando a Gabriela mientras lloraba y me insultaba.
—¡Todo es tu culpa, maldita zorra! ¡Tuya y de este maldito! ¡SI ELLA SE MUERE, NO SE LOS PERDONARÉ!
—¡Canalla! ¡¿Qué le hiciste a mi hermana?!—Bruno me gritaba mientras me golpeaba tratando de alejarme de ella, pero me negaba.
—¡Pagarás muy caro! — Dave me molía a golpes con el señor Jorge mientras la señora Leonor lloraba llamando a un médico.
—¡Aléjate de mi hija! ¡Debí saber que ella no era feliz! ¡Suéltala, infeliz! — mi suegro sabía como moler a alguien.
Mis padres me veían decepcionados, pero nada me importaba. Necesitaba salvar a mi amada. —¡Resiste, pequeña! ¡Resiste, my little rose ! ¡No te duermas! ¡No te duermas! — le rogaba con desesperación mientras las lágrimas caían por rostro y besaba sus labios una y otra vez . —No, Emilia... No... No... No te duermas...hago lo que me pidas... Lo que sea. ¡Lo que sea, maldita sea! ¡Pero no te vayas! ¡No me dejes! —Rogaba al cielo tan solo una oportunidad. Una. “No te la lleves. No te la lleves.“
La mirada que dio era de odio puro que estremeció. Y más las últimas palabras que me dedicó para finalmente expirar en mis brazos.
–¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
...
3 meses pasaron desde ese fatídico día. Despedí a Gabriela de mi empresa y parecía un muerto en vida. Mi familia me veía preocupada por mí y los del Solar cortaron todo lazo con nosotros dando fin a una amistad de años.
Infarto cardíaco producto de la situación. Ella murió por mi culpa y además, estaba embarazada de hacía unos dos meses. Perdí a mi esposa y a mi hijo.
Yo trabajaba de día y de noche lloraba mientras ahogaba mis penas en alcohol mientras lloraba abrazado a uno de los vestidos de mi Emilia, que aún tenía su perfume. Aún esas últimas palabras rondaban en mi cabeza como una maldición resonando. Quería renacer y no volver a enamorarse de mi en otra vida. Me tildarán de egoísta, de cobarde y muchas cosas más. Pero la amo. Tanto que no quiero dejarla ir. No quiero que me olvide en esa otra vida. No quiero que se enamore de otro. La quiero conmigo. Decidido, tomé un revólver y lo apunté a mi sien mientras esbozaba una sonrisa triste en medio de mis lágrimas.
—Te juro que te volveré a encontrar, mi amor y te recuperaré. Volveré a conquistar tu amor y nunca, nunca volveré hacerte daño, mi bella y dulce Emilia. Haré lo que sea para tenerte conmigo de vuelta. —Apreté el gatillo y se escuchó el disparo. Fue lo último que escuché mientras la oscuridad de apoderaba de mí.
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Hoy desperté hace siete años. El día en que me iba a comprometer. Necesitaba aliados y hablé con mis hermanos James y Charlotte, quienes no dudaron de mi. Terminé los pendientes en mi empresa, fui a casa, me arreglé y nos dirigimos todos a Solaris Wines. Maldije mi suerte por tener que llevar conmigo a Gabriela, la maldita causante de mis desgracias. Todo la atracción que sentía por ella se volvió en odio puro. Trató de engatusarme y no me dejé.
Apenas nos dirigimos a saludar a los del Solar, la vi acompañada de su madre y prima. Mi corazón latió de amor y añoranza apenas la vi. A my little rose. Tan hermosa como la recordaba, preciosa. Aún seguía el azul claro uno de sus colores preferidos. Pero su mirada hacia mí era tan distinta. Tan gélida e indiferente. No hacía falta deducir que esa era mi Emilia, la Emilia que perdí por mi estupidez.
Bien, ahora tenía que hacer que se enamorara de mí y que aceptara el compromiso porque veía que no tenía interés en aceptar.
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Durante la cena, ignoré a Gabriela y posaba mis ojos en Emilia, quien me ignoraba por completo mientras conversaba con Tamara y uno de sus hermanos. Traté de buscar conversar con ella y me encontré que estaba muy esquiva con sus respuestas. Hasta dijo que éramos desconocidos. Si supiera que soy yo y que la conozco en más de un sentido como esposa...
Lastimosamente, la conversación con mi hermosa dama terminó porque justo Gabriela dijo había llegado por e-mail esos contratos. Si bien no era mentira, estoy seguro que usó eso como pretexto para alejarme de Emilia y engatusarme para que me follara lejos de todos. Y no me equivoqué.
Gabriela trató de seducirme y la detuve abruptamente. —¿Qué pasa, mi amor? Te veo distinto desde la mañana. ¿Qué tienes? — me preguntó con una voz zalameramente dulce que me pareció repugnante.
—Gabriela. Tú sabes que era una mujer maravillosa y que nos complementamos bien, pero esto debe parar,—le dije con seriedad, lo cual hizo que llorara un poco.
—Pero ¿por qué, Martin? Yo te amo. No me dejes. — me rogó y para mí fue un déja vu.
—Lo sé, pero sabes que nunca he sido hombre de una sola mujer...hasta ahora. Amo a otra mujer.— le respondí y sus ojos verdes relampaguearon de furia.
—¿Quién es? ¿Cuál es el nombre de la maldita que te apartó de mí? — demandó saber.
—No te diré quién es porque no te debo ninguna explicación. Sólo sé decirte que esa mujer me tiene loco de amor por ella y que estoy dispuesto a todo con tal de tenerla a mi lado. — le respondí con frialdad.
Gabriela estaba deshecha en lágrimas y salió corriendo afuera de la oficina y no la seguí. Ya no está en mi vida. Ahora, debo buscar a mi amada en la fiesta. Está tan hermosa y de seguro hay buitres rondando alrededor de ella. No permitiré que eso ocurra.
El baile había comenzado y vi a mis padres preocupados. —Emilia se rehusó al compromiso— me informó mi padre.
¿Qué? No puede ser. —¿Y no insististe?—reclamé con desesperación.
—Lo hicimos, pero Leonor, Tamara y Emilia sacaron en cara tu pasado como casanova. —me regañó mi padre. —Te dije que eso te iba a pasar la cuenta. Y por si fuera poco, tienes un rival ahora y está bailando con ella.
¡¿Qué?! ¡¿Quién es el miserable que está bailando con MI mujer?! ¡DEBO SABER EL. NOMBRE DEL MALDITO QUE OSÓ POSAR SUS OJOS EN MI EMILIA! La veo a ella bailando mientras le dedicaba una sonrisa tímida al maldito. Un francesito de quinta llamado Michel Neveau, dueño de una empresa de champagnes y coñacs.
Los celos me dominaron por completo mientras miraba con odio al niño bonito. No te saldrás con la tuya, Neveau. Esa mujer es mía. ¡ELLA ME PERTENECE! Y no permitiré que me le arrebates o dejo de llamarme Martin Peter Rivers.