Había roto todas las fronteras. Ya no era solo una madre que ocultaba un deseo prohibido; era una mujer que había dejado que Noah la penetrara, la poseyera y la llenara de su esencia en la misma cama donde alguna vez soñé con una vida diferente. El remordimiento por Laura era una marea negra que amenazaba con ahogarme. ¿Cómo podía haberla mirado a los ojos el día anterior y destrozarla con mentiras sobre mi sexualidad, solo para terminar entregándome de la forma más extrema y carnal a Noah? Me sentía doblemente traidora: a Laura, por haber asesinado su esperanza, y a mí misma, por haber disfrutado del fango en el que ahora estaba sumergida. Noah se movió a mi lado, despertando con una lentitud que me pareció casi cruel por su serenidad. Me rodeó con sus brazos, pegando su pecho a mi espal

