El lunes amaneció con una claridad hiriente que se filtraba por las persianas de mi oficina improvisada. Sentada frente al monitor de mi laptop, las tablas de Excel me parecieron más áridas y hostiles que de costumbre. Mi trabajo como contadora online siempre había sido mi refugio, un ecosistema de celdas y fórmulas donde los números no mentían, no sentían y, sobre todo, no traicionaban. Pero ese lunes, el cursor parpadeante en la pantalla parecía un pulso acelerado que me juzgaba. Sabía que a pocos kilómetros, Laura estaría preparando el café, esperando el mensaje de confirmación de siempre para nuestra cena diaria; ese ritual que se había vuelto el oxígeno de mis tardes y la luz que iluminaba mis sombras. —Cariño, hoy no voy a poder ir —le escribí por w******p, con los dedos rígidos sob

