CAPÍTULO 1 El aire en aquel Tribunal Federal de Los Ángeles no contenía oxígeno; era una sustancia viciada, saturada por la electricidad estática de mil traiciones y el polvo de una historia que se desintegraba bajo mis pies con la parsimonia de un cadáver antiguo. Yo, Claudia —esa mujer que antaño gobernó salones de mármol y noches de terciopelo— percibía cómo la estructura misma del edificio se cerraba sobre ella como las mandíbulas de un leviatán herido, ansioso por triturar los restos de mi dignidad. Cada paso hacia el estrado, con el eco de mis tacones golpeando el suelo pulido, era una nota de despedida para la piel que el mundo había conocido. Mi nombre, mi estatus, mi esencia misma, estaban siendo devorados por la burocracia del olvido. La sentencia final cayó como un hacha de má

