—¡No! —exclamó Rebecca, antes de chillar cuando su amiga le levantó un poco más la muñeca en respuesta a su forcejeo, sujetándola aún más fuerte contra la pared. —¿Lo quieres para ti? —bromeó Janie—. ¿Quieres abusar de tu papi? —¡No! —protestó Rebecca, riendo todavía. —Oh, solo admítelo... Y recuerda, vi ese besito descuidado entre padre e hija que se dieron en el auto esta mañana. ¡Apuesto a que su lengua sabía genial! —¡No me lamió, zorra! —se rio Rebecca. —Pero seguro que te hubiera gustado que lo hiciera, ¿verdad? Por cierto, no vi sus manos —continuó Janie—. ¿Te estaba tocando? —¡Demonios, no! —Lo hacía, ¿verdad? Esas grandes y fuertes manos de papi apretándote esas tetas enormes... —¡No lo estaba! —No, probablemente tengas razón —admitió Janie, algo inusual en ella—, eso est

