En ese tiempo, David empezó a desvelar sus fetiches, a abrir las cajas de su deseo como si fueran juguetes navideños. Una noche, mientras ella estaba de pie junto a la cama, peinándose el pelo húmedo después de la ducha, él se arrodilló a sus pies, un gesto que a ella siempre la desarmaba, esa mezcla de sumisión y dominio. -Mamá -dijo él, con la voz baja, casi reverencial-. Tengo que confesarte algo. Susana le miró por el espejo, una sonrisa curvando sus labios. -¿Que me has dejado el moltor sin gasolina otra vez? Él rio, un sonido suave. -No. Es que... siempre he tratado de verte los pies. Desde que era pequeño. Me parecen... sexys. Increíblemente sexys. Y se los besó. No un beso rápido, un peck, sino un beso largo, húmedo, en el empeine. Susana retrocedió, no por rechazo, sino por s

