-Te amo, Susana -dijo, y esta vez, la frase no fue una arma, fue una confesión desgarradora-. Siempre te he amado. Ella no supo qué decir. El alcohol, la conmoción, la rendición, todo se mezcló en una niebla espesa. David volvió a besarla, y esta vez, sus manos no quedaron inertes. Con una lentitud que parecía eterna, una de sus manos subió por el brazo de él, sintiendo la tensión de sus músculos, el calor de su piel. Era una exploración tímida, la de un aventurero que descubre un continente prohibido y aterradoramente hermoso. Él respondió a su toque con un gemido, un sonido animal que vibró en la boca de ella, y Susana sintió cómo el último muro, el de la resistencia física, se derrumbaba, no con un estruendo, sino con un suspiro de resignación y un perverso y creciente deseo. Ya no era

