Capitulo 3

1294 Words
—Levántate, Rebecca —dijo, y su voz sonó extraña en sus oídos. Sin querer parecer reacia, se puso de pie tambaleándose tan rápido como pudo, dejando que su falda cayera, rozando la sensible y enrojecida piel de sus nalgas y muslos, pero ocultando afortunadamente la mancha oscura en sus bragas, justo en la abertura, donde sus propios jugos habían empapado la fina tela blanca. Se quedó allí de pie, con las mejillas sonrosadas, tratando de controlar su respiración y el ritmo de su corazón. —Papá, yo… —comenzó con voz temblorosa. —Lo… lo siento —repitió en voz baja, sin saber qué más decir, pero esta vez sonaba como si de verdad lo sintiera—. Lo… lo haré mejor. Seré una buena chica —dijo, y por alguna razón, al decirlo, un escalofrío la recorrió. Había una mirada extraña en sus ojos cuando la miró. ¿Era arrepentimiento? Ella pensó que sí, pero había algo más que no lograba identificar. Nunca antes le había puesto una mano encima; ¿quizás pensó que había ido demasiado lejos? Sintió una repentina e inesperada oleada de pánico al pensar que aquello no volvería a suceder, y su mente se apresuró a encontrar la manera de decirle que estaba bien, que lo necesitaba. Lo deseaba. Preferiblemente sin sonar como una pervertida depravada, intervino su cerebro. Estaba a punto de decir algo, pero fue interrumpida por el timbre de su teléfono. —Ese será el director —suspiró resignado, ahora mucho más tranquilo—. Ve a tu habitación y quédate ahí mientras atiendo esta llamada. Ponte a hacer la tarea. Yo... hablaremos de esto más tarde. Para no empeorar las cosas, asintió y, sin darse cuenta, le dirigió una tímida sonrisa —la primera que él veía en su rostro desde que llegó de la escuela—, lo que pareció sorprenderlo un poco, y subió las escaleras. Detrás de ella, lo oyó contestar el teléfono. —John Fairchild —dijo, sonando momentáneamente distraído. —Sí, soy el padre de Rebecca —respondió a una pregunta que ella no alcanzó a oír, con un tono de nuevo presente y controlado—. Hemos hablado varias veces esta semana. Lamento enterarme de que hoy se ha metido en problemas otra vez... Su voz se desvaneció en un murmullo ininteligible mientras ella subía las escaleras. *** Rebecca entró a su habitación aturdida y se dejó caer en la cama, suspirando. Aún se sentía contenida. Tensa, frustrada y desesperada. Pero también había algo más, provocado por el escozor en la piel de sus nalgas y muslos, algo que no había sentido en meses. Algo que se sentía tan real. No pudo evitar saborear la sensación. De alguna manera, lo que se suponía que era un castigo se había convertido, inesperadamente, en una experiencia intensamente erótica, y aunque quería negarlo, su estado de excitación casi permanente lo hacía demasiado obvio como para ignorarlo. Sin que nadie se lo pidiera, sus manos recorrieron sus curvas, provocando un escalofrío que le recorrió la espalda al rozar sus pezones erectos. Sintió un breve impulso de frotarse, pero lo descartó de inmediato, considerándolo una mala idea. Ya estaba en suficientes problemas, y aunque su padre sin duda sabía que a veces su hija se daba placer en casa, ser atrapada en el acto no parecía que fuera a mejorar las cosas en ese momento. Una imagen no deseada asaltó su mente. Estaba acostada en la cama, con la mano bajo la parte delantera de sus bragas, gimiendo suavemente, al borde de un orgasmo intenso. Su padre la observaba desde la puerta con una mirada severa pero amorosa, mientras ella esperaba sin aliento su permiso para correrse. Rápidamente pensó en otra cosa, tratando de ignorar el cosquilleo eléctrico que la fantasía le provocaba. "Tranquila, chica, ¡estás pensando en tu padre!", se dijo. Suspiró aún más hondo. Culpó a su situación actual por esos pensamientos inapropiados. Si tan solo pudiera encontrar el alivio que tanto anhelaba, no se metería en problemas, no decepcionaría a su padre y no tendría esos pensamientos prohibidos. Al menos, eso se repetía a sí misma. Solo quería un buen orgasmo, y los chicos de su escuela no ayudaban. Había tenido un par de novios, pero pronto descubrió que eran adolescentes inseguros y torpes que solo querían meter las manos en sus bragas, pero sin idea de qué hacer una vez allí. Chicos inmaduros, tan desesperados por actuar como adultos que ni siquiera se planteaban lo que eso significaba. Siendo completamente honesta, nunca había estado muy interesada en chicos de su edad, y las pocas experiencias sexuales torpes que tuvo, que terminaron antes de empezar, solo confirmaron eso. Así que, aunque no tenía problemas para llamar la atención de sus compañeros, con su lindo rostro y sus curvas juveniles pero generosas, hacía tiempo que no había chicos en su vida y no sentía ningún deseo real de cambiar eso. Al menos, no con ninguno de los chicos disponibles. Rebecca no era tonta. Sabía que su comportamiento en la escuela estaba directamente relacionado con su incapacidad para llegar al clímax, pero no sabía a quién acudir. Tenía una amiga en la escuela, Janie, pero su amistad estaba pasando por un momento frío porque Janie estaba enamorada de un chico que no le correspondía y, para empeorar las cosas, parecía suspirar por Rebecca sin disimularlo. Janie no superaba sus celos, a pesar de que Rebecca no tenía el más mínimo interés en ese chico. No habían dejado de ser amigas, pero hacía tiempo que no hablaban, así que no se sentía capaz de sacar el tema ahora, de la nada. ¿Y su familia? Su madre se había divorciado de su padre cuando Rebecca tenía solo cuatro años, y aunque había contacto esporádico, no sentía mucha conexión con ella. De hecho, le guardaba rencor por haberlos abandonado para casarse con otro hombre y formar una nueva familia. Sin madre y sin hermanos, el único familiar cercano en quien realmente confiaba era su padre, pero le daba miedo abordar este tema con él. No era mojigata, pero le aterraba la idea de hablarlo y, sinceramente, no sabía cómo hacerlo, aunque de alguna manera deseaba hacerlo. ¿Y si le decía algo? ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Darle consejos de masturbación a su hija de 18 años? Se rió de lo absurdo de la idea. ¿O esperaba que él...? Una vez más, una imagen inesperada cruzó su mente lujuriosa: inclinada sobre la mesa del comedor, su padre sujetándole las muñecas con una mano fuerte, la otra apretándole la boca mientras la empotraba brutalmente desde atrás, sus caderas golpeando sus nalgas con cada embestida, haciéndola gritar de placer... —¡Basta! —se regañó en voz alta, frotándose los ojos como para sacarse la imagen de la cabeza. Esto no estaba funcionando. Miró su teléfono. Todavía faltaba media hora para la cena. Necesitaba alivio, y lo necesitaba ya. Decidida, se dejó caer en la cama, se bajó las bragas hasta los tobillos y se levantó la falda. Encontró el vibrador debajo de la almohada (se había asegurado de cargarlo) y lo encendió. Pero... maldita sea. Cada vez que intentaba tener una fantasía, su estúpido cerebro lujurioso involucraba a su padre de alguna manera. —Para, para, para —murmuró jadeando, intentando dirigir su mente a otro lado. Pero no funcionaba. O peor aún, lo único que realmente la excitaba era pensar en esas fantasías inapropiadas. En cuanto se obligaba a pensar en otra cosa, ese escurridizo clímax se alejaba de su alcance. —No, no, no —se quejó en voz baja mientras apretaba desesperadamente el vibrador contra su clítoris, subiéndolo al máximo, gimiendo por la exasperante sensación de no poder correrse.
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