Lo peor, lo que la hace sentir el pecado más profundo, es que eso la excita. Un escalofrío recorre su espina dorsal. El mismo instinto que le grita que huya, que cierre la puerta y se encierre para siempre, es el que le abre las piernas en su imaginación, el que ansía sentir su peso sobre ella otra vez, esa posesión absurda y definitiva. David la mira, y en sus ojos no hay duda, solo una certeza absoluta, la de un hombre que ha encontrado su destino. Se acerca a ella, y Susana no se mueve, como una cierva hipnotizada por los faros de un coche. Él le aparta una hebra de pelo de la cara y le susurra: -Dime que no me quieres, dime que no disfrutaste, dime que todo fue un error y me iré, te dejaré en paz para siempre. Pero ella no puede decirlo, las palabras se atascan en su garganta, porqu

