Laura llegó a las nueve de la noche. Su figura, recortada contra los faroles de la calle, parecía más pequeña, como si el peso de la realidad la estuviera encogiendo físicamente. Sin decir mucho, nos instalamos en el porche. El tiempo estaba inusualmente despejado, salpicado de estrellas que brillaban con una indiferencia gélida ante nuestra miseria. Serví dos copas de un tinto intenso, esperando que el alcohol actuara como el bálsamo que ninguna palabra podía ofrecer. —No sé qué va a ser de mí, Amanda —susurró ella, con la mirada pérdida en el horizonte oscuro—. Toda mi vida, cada maldito minuto de los últimos años, giraba alrededor de él. El taller, la casa, la peluquería, nuestros planes... todo era Lucas. Me quedé en silencio, dejando que el vino quemara mi garganta. Laura apretó la

