-Por si no lo has dado por enterado, muchacho, yo ya estoy casada. Lanzó la frase como un escudo, la armadura de laticinio y hipotecas que Ramon le había forjado a lo largo de diecisiete años. Era su única defensa, la verdad legal y social que la mantenía a flote, aunque por dentro se estuviera ahogando. -Él no te quiere, mamá. La sentencia de David fue cortante, quirúrgica. La dejó sin aire. Él no la defendió, no intentó negar la verdad del matrimonio, simplemente la atravesó con una verdad más grande, más dolorosa. Él no la quería. Y en el silencio que siguió, ambos supieron de quién hablaba realmente. Hablaban del ausente, del regordete calvo que la dejaba allí, presa de su propio hijo. -Entonces, dime, ¿si él desapareciera de la foto, si te diera su bendición, podría ser tu novio?

