Él la mira, sin saber si reír o seguir sumido en su éxtasis religioso. La ironía de ella lo descoloca, lo saca de su trance puramente animal y lo devuelve a una realidad extraña y maravillosa donde su madre es a la vez la Virgen María y la prostituta más experta de sus fantasías. Él acaricia su cuerpo desnudo, no puede creerlo. David siente un vértigo sagrado, una emoción tan tremenda que le eriza la piel y le acelera el corazón, al estar en esa situación de intimidad con su madre, la diosa de su infancia convertida en una mujer de carne y hueso a su alcance. -Tu piel... es tan suave -dice él, y sus dedos trazan la línea de su cintura, bajando hasta la curva de su cadera-. Y tienes estas... marcas aquí. Como si te hubieran mordido un par de ángeles. Se refiere a las estrías, las marcas qu

