Se quedaron así, unidos, sudando y oliendo a vino y a sexo, hasta que la caja de madera debajo de ellos, exhausta de tanto uso, cedió con un estruendo. Cayeron al suelo en un montón de risas, entre las ropas viejas y el polvo de los recuerdos, dos locos en un paraíso de su propia invención. Allí, en el suelo frío del sótano, con el olor del pasado y el sabor del pecado, Susana abrazó a su hijo y supo que no había vuelta atrás, ni la quería. Este era su hogar ahora, su única verdad, su deliciosa y eterna condena. Antes de hacerlo por última vez, Susana encontró una revista de cómics de David, uno de esos viejos de superhéroes, con un chico musculoso de traje ajustado. Se quedó pensando, con una melancolía embriagada, en cómo ese niño pequeño que alguna vez fuera incapaz de atarse sus propi

