La tarde se arrastraba con una lentitud casi cruel en aquel pequeño pueblo del Medio Oeste, donde el sol de finales de verano convertía el aire en algo denso y pegajoso, como si el tiempo mismo se negara a avanzar y quisiera retenernos a todos en un eterno presente cargado de secretos. Me encontraba sentada a la mesa del comedor, frente al portátil que emitía un resplandor frío y azul. Las columnas de balances contables bailaban ante mis ojos, pero los números se habían vuelto borrosos, irrelevantes. Mi mente, traicionera y hambrienta, se desviaba una y otra vez hacia el sofá del salón, donde Noah estaba recostado, con los auriculares puestos y la mirada fija en su pantalla. Cada pequeño movimiento suyo hacía que el cuero del sofá crujiera suavemente, y ese sonido insignificante me provoc

