Mis dedos buscaron mi sexo aún hinchado y resbaladizo. Esta vez la caricia fue urgente, casi rabiosa. Recorrí mi clítoris con movimientos rápidos mientras mi otra mano apretaba uno de mis pechos a través de la blusa. En mi mente, las imágenes regresaron con fuerza: la boca de Laura estirada al máximo, los hilos brillantes de saliva, el sonido húmedo de la carne chocando. Pero pronto, como un veneno dulce e inevitable, la figura del hombre se transformó. Era Noah quien estaba allí, de pie frente a mí, con sus manos jóvenes y fuertes sujetándome por las caderas. Imaginé su voz baja y entrecortada llamándome por mi nombre, sus embestidas profundas y posesivas, llenándome con una urgencia que mezclaba anhelo crudo con una ternura prohibida nacida de años de cercanía. El orgasmo me golpeó con

