Al poco rato, ambos respirábamos con dificultad, con el deseo al inhalar y la adoración al exhalar. Tenía ambas manos sobre mi rostro, manteniéndolo firme, sin apartar la mirada el uno del otro. Me deleité con las sensaciones, permitiéndome disfrutar de todos los placeres de su coño. Me vino a la mente una imagen de lilas, y la frondosidad del jardín de mi hija era un lugar donde podía retozar todo el día. Cuando quiso cambiar de postura, le sugerí la postura del perrito, pero no quiso romper el contacto visual. Rápidamente me tumbó boca arriba, con las piernas cruzadas, en posición vaquera, y la observé mientras me guiaba apresuradamente hacia adentro, como si le diera ansiedad por separarse de mi pene. Belle me montó a su antojo. Se sentía increíble, su coño tan apretadito. Lo apretaba

