Con esta afirmación, a él le sobreviene una eyaculación feroz, una explosión que parece brotar de sus entrañas, y con la excitación abraza a Susana, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fundirse con ella, convertirse en un solo ser. Durante esa noche lo hacen tres veces más, un festín de carne y pecado. David la penetra de costado, levantándole una pierna como si quisiera abrir un cofre del tesoro, una posición que la deja expuesta, vulnerable, y Susana siente esa humillación dulce, la vergüenza de ser poseída de una forma tan íntima, tan teatral, una carne de espectáculo para el único espectador que importa. Luego, como perrita, la clásica postura de la dominación animal, y David, con una mano en su cadera y la otra tirando de su pelo, la cabalga como si fuera su yegua, y ella,

