McKenzie hace una mueca y agita la mano frente a mí. "No tan fuerte, por favor..." me ruega mientras se frota las sienes palpitantes. "Me desperté y no estabas. Pensé que me habías dejado sola en tu casa", refunfuña mientras me examina de pies a cabeza y de espaldas; frunce el ceño al ver la camiseta blanca que me queda al menos tres tallas grande. "¿Es la camiseta de tu padre?", me pregunta, y luego mira la puerta del dormitorio cuyo pomo agarro con tanta fuerza que tengo los nudillos blancos. "¿Acabas de salir de la habitación de tu padre?" Me muerdo el labio inferior y asiento. "Sí", digo nerviosamente, luego me aclaro la garganta y suelto el pomo de la puerta para abrazarme a mí misma. "Ejem... te perdiste mucho", digo con naturalidad mientras la miro fijamente con los ojos entrecerra

