Otras veces, la subía a la encimera de la cocina, como si fuera un plato que él iba a devorar. Susana, sentada en el mármol frío, con las piernas abiertas, lo veía acercarse, su erección un monoliente promisorio. Él la penetraba allí, entre los cuchillos y las tablas de cortar, un acto sacrílego en el altar de la comida familiar. -Al menos ponte un condón -pedía ella en un arrebato de responsabilidad maternal que le sonaba a chiste-. No quiero que tu semen se mezcle con la salsa boloñesa. Él se reía y se negaba. "Es salsa mía", decía, y la llenaba, un torrente caliente que se derramaba sobre el mármol, un desastre que ella tendría que limpiar después, una evidencia líquida de su locura. Algunas veces, ella tenía tiempo para hacerle entrar en razón, para negociar una tregua hasta la noch

