-¿Y ahora qué, jefa? -preguntó él, con una sonrisa cómplice-. ¿Seguimos ordenando o ya hemos terminado el trabajo duro por hoy? Susana sonrió, sintiendo cómo el semen de él se escurría lentamente de ella, una sensación húmeda y placentera. -Creo que por hoy ya hemos hecho suficiente trabajo manual -dijo-. Además, creo que el motor necesita enfriarse. Mañana lo volvemos a intentar, si te sientes con fuerzas. -Siempre estoy con fuerzas, mamá -dijo él, su mano recorriendo su vientre-. Siempre. Pero todo, hasta el paraíso más perfumado, tiene una fecha de caducidad. Los seis meses volaron como un suspiro, y la figura del marido de Susana, Ramón, regresó del olvido como un fantasma molesto que acaba de pagar el alquiler. Tanto ella como David lo habían olvidado, un personaje secundario arch

