Entonces pasó una semana más. El silencio entre ella y David era un abismo. Una tarde, mientras se duchaba, Susana se masturbó, sus dedos buscando un eco de lo que había sido. Recordó cuando David la poseía en la cocina, la fuerza de sus brazos, el calor de su aliento en su cuello. El orgasmo fue una liberación pobre y solitaria, un fantasma de los que solían tener. De repente, una tarde, Ramón le dijo: -Susana, cariño. Estoy caliente. Tengo ganas de ti. El corazón de Susana dejó de latir. Temió lo peor, temió su propia reacción. Imaginó su piel, su olor, su cuerpo desconocido y no deseado encima del suyo. Esa noche, Ramón, tras una cena en la que apenas habló, se quedó rígido en la silla, con un gesto de dolor. -Ay, la espalda. Se me ha quedado bloqueada. No me puedo mover. -Quédate

