Y entonces, se devoraban. No había tiempo para ternuras, solo para la urgencia. Él se abalanzaba sobre ella, le abría las piernas con un movimiento brusco y decidido, y entraba en ella mientras ella todavía estaba medio seca, una fricción inicial que pronto se convertía en un torrente de lubricación. David era implacable, un joven con una libido que parecía un motor de combustión interna. La poseía como si quisiera perforarla hasta el alma, cada embestida era una declaración, un reclamo de territorio. -Así, mi niño, más fuerte -gemía ella, las uñas clavadas en su espalda-. Marca esto hasta que tu padre sepa a qué huele de verdad. -Esto es mío -gruñía él entre dientes, acelerando el ritmo-. Esta polla es para ti, ¿sabes? Cada gota de semen que tengo es tuya. Y cuando eyaculaba, lo hacía

