Hacían el amor en cualquier rincón de la casa, la que se volvió un campo de batallas amorosas perpetuo, un territorio donde la rendición de uno era la victoria del otro, y viceversa. Un sofá se convirtió en un lecho de nácar, una alfombra en un prado secreto, la cocina en un banquete de carne y deseo. Una vez David buscó a su madre cuando ella estaba poniendo la ropa en la lavadora, cada vez había menos ropa que lavar, una consecuencia cómica de su estilo de vida, pero ella era una mujer de rutinas, anclada a pequeños rituales que la mantenían cuerda, o al menos esa era la ilusión. Se le cayó el detergente, una caja azul y torpe, y se agachó para recogerlo, un gesto doméstico, inocente, ofreciendo su trasero al mundo sin saberlo, o quizás, en el fondo de su nueva conciencia, sabiéndolo mu

