—Tendrás que preguntárselo —dijo al teléfono, mirando fijamente a Rebecca y arqueando las cejas con una expresión interrogativa. Ella comprendió instintivamente que le preguntaba si quería hablar con su madre ahora mismo, y negó con la cabeza—. Pero no está aquí ahora mismo —mintió con suavidad, haciéndola sonreír de nuevo ante la conexión que compartían—. Le pediré que te llame cuando regrese. Otro breve murmullo en el otro extremo. —Está bien —dijo—. Cuídate. Adiós. Colgó el teléfono, miró a Rebecca y suspiró, todavía sosteniendo su mano. —Lo siento, cariño —dijo de nuevo, sin necesidad de dar más explicaciones. —Está bien, papá —dijo ella, y su voz delató un dejo de amargura resignada. —No, de verdad que no —dijo, con evidente enojo hacia su exesposa, su madre ausente—. Pero —añad

