Se dio cuenta demasiado tarde de que probablemente debería haber dejado una toalla antes de empezar. Se sentía resbaladiza con sus propios fluidos desde la cintura hasta las rodillas, y su raja prácticamente goteaba sobre una mancha cada vez más húmeda en las sábanas. En un momento dado, la batería de su vibrador se agotó nuevamente, pero para entonces, solo el roce suave de sus dedos sobre su clítoris hinchado fue suficiente para llevarla al borde casi instantáneamente. Cuando su papá la llamó desde la cocina, sintió que cualquier cosa más que una ligera brisa entre sus piernas sería suficiente para hacerla estallar. —¿Becca? —llamó. El suelo le ahogaba la voz, pero su diversión aún se oía claramente—. Ya basta de jugar. Lávate y baja a cenar. —Sí, papi —gimió ella, con la respiración

