En ese instante, no pudo pensar, ni hablar, ni siquiera respirar. Olvidó su nombre y no sabía nada más que era una chica y que un hombre increíblemente maravilloso le estaba dando el orgasmo más increíble de su vida. Ella gritó tan fuerte hasta el clímax que a John le preocupó un poco que los vecinos la oyeran. Se alegró de haberla agarrado firmemente por los muslos, o sus piernas, que se movían sin control, lo habrían asfixiado. "Oh, Dios", jadeó al disiparse la inmensa oleada de placer. "Oh, oh, oh, papi", sollozó. "--estoy... Eso fue...", se quedó sin palabras. "Gracias, gracias, gracias", sollozó, sonriéndole, con las mejillas sonrojadas, jadeando, sintiendo un hormigueo y un zumbido, y muy, muy relajada. Él levantó la mirada y le sonrió. —Ay, todavía no he terminado contigo, nena

