A pesar de estar completamente agotada por la serie de orgasmos increíbles que John le había dado, a Rebecca le había llevado un tiempo conciliar el sueño una vez que él la envió de regreso a su habitación tarde la noche anterior. En parte porque había estado excitada por una buena sesión de provocación antes de acostarse, en la que él la había llevado al límite varias veces antes de volver a encerrarla en el cinturón de castidad. Se retorcía y suplicaba un orgasmo más, que él, por supuesto, no le había permitido tener, diciéndole una vez más que las niñas no necesitan correrse. Lo cual la había excitado aún más mientras se tambaleaba de vuelta a su cama. Pero sobre todo por la promesa que le había hecho de que por fin le daría lo que tanto anhelaba y la dejaría hecha polvo, siempre y cu

