El sábado en la noche, el edificio de oficinas de la constructora Hamilton estaba casi vacío. Solo unos pocos empleados de mantenimiento y de seguridad recorrían los pasillos. Liam cruzó el vestíbulo con paso firme, saludando a quien encontraba a su paso. Iba a su oficina para recoger unos documentos que debía revisar el domingo en casa. Por irse de paseo ese día con Emma y los niños dejó tareas pendientes que no podía atender el lunes. El silencio de los pasillos le resultó extraño, ya estaba acostumbrado al bullicio de los empleados y al constante sonar de los teléfonos. Cuando le faltaban pocos metros para llegar a su oficina, vio que la de puerta de la oficina de Darryl se abría y su amigo salía con rostro cansado, la corbata deshecha y la chaqueta del traje colgando de su mano. Lo

