El camino hacia el Buckeye Flat, aunque fue largo, estuvo ameno. Los niños no pararon de cantar y señalar cada árbol que aparecía en la carretera. Apenas el auto se detuvo frente a la cabaña de madera los gemelos salieron disparados como cohetes, fascinados por el entorno. El aire fresco, los aromas a tierra húmeda y pino y el murmullo constante del río cercano les pareció como sacado de uno de los cuentos que leían. Emma respiró profundo. No recordaba la última vez que había sentido tanta paz. A su lado, Liam cerró el baúl del coche y la observó con una media sonrisa. —¿Qué te parece? —preguntó, extendiendo un brazo hacia el paisaje. —Es hermoso. Tal como lo recuerdo —respondió ella, sincera. Los gemelos los interrumpieron jalando a Emma de las manos. —¡Vamos, vamos! ¡Queremos ver

