Emma caminaba con Lidia hacia el consultorio ginecológico. Sentía un nudo en la garganta, no tanto por miedo al diagnóstico, sino por todo lo que significaba regresar a ese espacio de revisión, de bisturís, de recuerdos de sangre y pérdida. —Tranquila —le susurró Lidia, tomando su mano para apretarla—. Yo estoy aquí. La enfermera las condujo a una pequeña sala. Allí las recibió la doctora Roberson, una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y mirada firme, que transmitía seguridad con apenas un gesto. —Emma, me alegra que hayas venido. Carla me adelantó un poco tu situación —dijo la doctora y les indicó a las mujeres que se sentaran frente a su escritorio—. Sé que ha sido un proceso difícil el que te ha tocado vivir, pero este es un paso importante para tu recuperación. Ella asint

