A pesar de que la casa estaba en silencio porque los gemelos dormían y la calma nocturna envolvía cada rincón, Liam y Emma aún no encontraban el sueño. La tensión tras la visita de Camila y Julián seguía flotando en el aire. —Ven conmigo —pidió el hombre y tomó la mano de la mujer. —¿A dónde? —consultó Emma. —A mi habitación. —Sus ojos brillaron con esa chispa irresistible que siempre lograba desarmarla—. No quiero que duermas sola. Ella sonrió y aceptó gustosa. El deseo enseguida fluyó a través de su sangre, calentando su piel y agitando todo su organismo. Subieron juntos, deslizándose entre caricias y risas bajas para no despertar a los niños. La habitación de Liam estaba iluminada apenas por la luz tenue de la lámpara de noche. Se desnudaron sin apuro, repasando con mirada embri

