Liam hizo pasar a sus suegros al despacho y luego cerró la puerta con firmeza, quedándose unos segundos de espaldas. Respiró hondo, sabía que aquella conversación no iba a resultar sencilla. Julián y Camila no eran fáciles de manejar, pero no dejaría de intentarlo. Al girarse, notó que Julián lo observaba con los brazos cruzados, el ceño fruncido y una rigidez en la mandíbula que revelaba más de lo que su voz le diría. Camila, en cambio, mantenía una mezcla de preocupación y ofensa. Sus ojos estaban puestos en los moretones que Liam tenía en el rostro, incapaces de apartarse de ellos. —Quiero saber qué ha pasado —exigió Julián, cortando el silencio con una voz seca. Liam caminó a su escritorio, pero no se sentó. Solo apoyó las manos en el respaldo del sillón. —Anoche salí con Emma, Dar

