Emma abrió la puerta de la casa de Liam y apenas tuvo tiempo de dar un paso cuando dos cuerpecitos la rodearon como un torbellino de alegría. —¡Llegaste! ¡Llegaste! —gritaron los gemelos al unísono. —¡Hola! ¡¿Qué hicieron en mi ausencia?! Ellos la arrastraron a la terraza. En el suelo había un reguero de lápices de colores y hojas. —Hicimos dibujos para ti —notificó Matt. —¿Para mí? —consultó emocionada. Lucas le mostró con orgullo su dibujo de un dragón con alas enormes, hecho con crayones verdes y rojos. Matt corrió hacia una mesa para tomar el ramillete improvisado de flores del jardín que ellos habían arrancado y las estiró hacia ella. Emma se llevó las manos al rostro, conmovida. —¿Todo esto es para mí? —preguntó tomando las flores. —¡Sí! —respondieron los niños. —Y aquí ha

