Emma se levantó esa mañana con cierta dificultad, sentía punzadas molestas en el bajo vientre, recordatorios silenciosos del aborto que había sufrido días atrás. A pesar de sus malestares se arregló y salió de la habitación. Liam ya no estaba en casa, había salido temprano a atender una reunión en su constructora. Al llegar Carmen, la niñera, le entregó una caja con medicamentos que había comprado de camino a la casa. —El señor Liam me pidió que le comprara esto —explicó con una sonrisa—. Dijo que son las cosas que su doctora le indicó. Emma se sorprendió. Abrió la caja y vio que no faltaba nada: las vitaminas para regular sus niveles de hierro, los calmantes suaves y las pastillas para ayudar a conciliar el sueño si los recuerdos la asaltaban de noche. El corazón se le encogió. Aq

