Estoy dormida cuando escucho el timbre de un teléfono. Al despertarme de golpe, me doy cuenta de dos cosas al mismo tiempo. Una, es tarde, el sol entra a raudales por las ventanas. Y dos… Henry sigue en la cama conmigo. No hemos dormido más allá de las siete de la mañana, excepto aquella primera noche en la que no nos acostamos hasta casi las cinco. Miro el reloj y veo que ya son las nueve. Henry se da vuelta y toma el teléfono. —¿hola? Me giro hacia él y de inmediato me atrae otra vez, acomodándome contra su cuerpo, su brazo rodeándome la espalda, su mano colocada posesivamente en mi cadera. —¿Sigues dormido? —Mike. Lo escucho claramente del otro lado, lo cual tiene sentido. Mi oído está a menos de un pie del teléfono. —Ya no —murmura Henry. —Si esperas que me disculpe, no lo v

