Estoy pegada al costado de Clovis, los niños sentados en los regazos de sus padres. Meto la mano y reparto barras energéticas. Han sudado tanto que me preocupa reponer las sales. —Escuché rugir tu estómago —me dice Clovis al oído—. Quiero que tú también comas una. Solo queda una. La parto por la mitad y me meto una parte en la boca. Luego levanto la otra mitad a un centímetro de sus labios. —Compartimos. Una ceja se arquea antes de que tome el bocado, chupando también mis dedos. Me sonrojo hasta la raíz del cabello, sobre todo porque tenemos público, y retiro la mano rápidamente. Pero estoy acalorada y ruborizada, y no tiene nada que ver con el calor del desierto. Media hora después, entramos en un pueblito justo cuando el sol empieza a ponerse. —¿Primero el taller y luego el mo

