Nunca he usado uno antes, porque Giacomo nos lleva a todas partes con el chófer de la familia, pero finjo naturalidad. —Soy yo —digo con voz alegre, y corro hacia la puerta trasera, deslizándome dentro y cerrándola—. Has sido rápido. —Intento complacer —responde, poniendo el coche en marcha y alejándose—. ¿Al Restaurante? Niego con la cabeza mientras ya saco el teléfono para revisar la información de mi vuelo. El Uber hace que todo esto sea mucho más rápido y fácil. No tengo que fingir iniciar la cita con Noah ni irme a mitad de la cena. —Cambio de planes. Quiero ir al aeropuerto. —¿Al aeropuerto? —pregunta, y su voz grave se tensa de una forma que no esperaba. —¿Es un problema? ¿Pagó Noah por adelantado o algo así? Siempre puedo pedirle que me lleve al restaurante y luego tomar un

