El museo estaba iluminado por candelabros modernos que arrojaban reflejos dorados sobre las paredes blancas, creando un ambiente que era a la vez elegante y opresivo. Lara caminaba del brazo de Ian, el vestido azul moviéndose con cada paso, mientras los murmullos de la multitud se mezclaban con el tintineo de copas y la música suave de un cuarteto de cuerdas. La gala benéfica para el hospital infantil estaba en pleno apogeo, pero Lara sentía cada mirada como una lupa, cada sonrisa como una pregunta. La declaración que publicarían al final de la noche pesaba en su mente, y la amenaza de Javier —aún sin respuesta— era una sombra que no podía ignorar. Ian, a su lado, mantenía una calma aparente, saludando a conocidos con un apretón de manos y una sonrisa practicada. Pero Lara notaba la tensi

