Jimena González llegó a su apartamento con la carpeta de Álvaro Gutiérrez todavía quemándole las manos. La arrojó sobre la mesa de la cocina como si estuviera contaminada, pero no podía quitársela de la cabeza. Esa foto, el tono de su voz, la forma en que la había mirado —todo se retorcía en su mente mientras sacaba una botella de vino del armario y llenaba una copa hasta el borde. No era una bebedora habitual, pero esa noche necesitaba algo que apagara el ruido. Se sentó, mirando la carpeta desde el otro lado de la mesa. No la había abierto aún. Parte de ella quería rasgarla en pedazos y olvidarse de ese hombre arrogante con su traje caro y sus secretos. Pero otra parte, la que había aprendido a sobrevivir en un mundo que no perdonaba, le susurraba que la leyera. Que supiera exactamente

