El camión de mudanzas llegó al edificio de Ian a las cinco de la tarde, un monstruo blanco que parecía fuera de lugar entre los autos deportivos y las limusinas que llenaban la calle. Lara bajó de un taxi justo detrás, con una mochila vieja al hombro y una maleta de segunda mano que arrastraba con esfuerzo. No había mucho que llevar: ropa, un par de libros, una foto enmarcada de su madre y Diego. Todo lo que tenía cabía en esas dos cosas, un contraste brutal con el mundo al que estaba entrando. El penthouse estaba en el último piso de una torre de vidrio y acero, tan alta que las nubes parecían rozar las ventanas. El portero, un hombre de uniforme impecable, la miró con una ceja alzada cuando dijo que venía a mudarse. Lara le mostró la tarjeta que Ian le había dado, y solo entonces la dej

