El amanecer parisino se filtraba por las cortinas del hotel, un resplandor dorado que acariciaba los cuerpos desnudos de Álvaro y Jimena, aún enredados en las sábanas revueltas. La noche había sido un torbellino de pasión contra la ventana, sus gemidos resonando sobre el murmullo de la ciudad, el poder y el amor marcándolos en cada roce. Pero el teléfono vibró en la mesita, cortando el silencio como un filo, y Álvaro gruñó, estirándose para alcanzarlo mientras Jimena se movía a su lado, su piel cálida rozándole el brazo. —Es María Elena —dijo, su voz ronca por el sueño y el deseo residual, pulsando el altavoz—. ¿Qué pasa? —Klaus Berger —respondió María Elena, su tono cortante desde el otro lado de la línea—. Movió piezas anoche. Un almacén en Lyon fue saqueado. Perdimos dos millones más.

